My Morning Jacket — The Waterfall

My Morning Jacket

Las cosas claras. Z (ATO, 2005) puede ser el disco más nocivo de la historia. También es un disco mágico, íntimo y sobrecogedor; un disco inspirado, inspirador, un paso ilógico pero un acierto rotundo. Sí, Z fue un salto al vacío inesperado y totalmente innecesario, el empeño de Jim James en convertirse en el nuevo Tom Yorke cuando todos esperábamos que se dejase de zarandajas y se lanzase a la carretera en compañía de Neil Young. Z es el todo y la nada, es el resumen de todo lo que está bien en My Morning Jacket y la puerta abierta para todo lo que está mal, todo lo que estaba por venir. Y ese es el problema, ahí es donde nace el tumor.

Las consecuencias fueron catastróficas y en esas estamos, destrozados al ver que Jim James prefiere ser un Price de baratillo en vez de la nueva/vieja esperanza del Rock alternativoaqué de raíces sureñas. Nueva/vieja porque tiene más primaveras de las que aparenta, nueva/vieja porque de tanto cantar el éxito de Ricky Martin lo que parece inamovible en el espacio ha quedado demasiado lejos en el tiempo. The Waterfall (ATO, 2015) nace en esas revueltas aguas, tan hijo del reverso tenebroso de Z como Evil Urges (ATO, 2008), desorientado como el niño que, dejado solo nada más ha aprendido a caminar, no sabe si ir a los brazos de papá o de mamá. Sin importar los azotes que le puedan dar uno u otro.

Evidentemente el toque aún está ahí, My Morning Jacket aún muestran momentos en los que te los imaginas tocando mirando hacia las estrellas (gloriosa hipérbole, probertoj), pero todo se emborrona cuando lo que es Folk se tranforma en Funk y el granero se convierte en una discoteca, quizás no llena de mujeres semidesnudas pero con grandes cantidades de cocaína, MDMA y algún que otro padrenuestroquestásenloscielos (de lo contrario a ver de dónde sale ‘Believe (Nobody Knows)’. El problema en los actuales My Morning Jacket ya no es lo que son ni lo que hacen, es lo que quieren ser y a lo que han estado dispuestos a renunciar para ello.

Jim James y los cacharricos, una historia de amor digna de película de Meg Ryan

El peaje está claro y lleva por sendas intensas (o intensitas), por caminos en los que la confluencia con Coldplay es tan inevitable como esquivar los troncos en el desastre que desencadena los acontecimientos en Destino Final 2. Sí, yo tampoco entiendo qué necesidad tiene una banda nacida en Kentucky de grabar un tema como ‘Like a River’ u otro como ‘Only Memories Remain’. La verdad, no sé qué pretende Jim James chapoteando en el fango del Soul cuando dos cortes más atrás nos ha regalado el íntimo y apañado ‘Get the Point’, una canción que es un maldito oasis en el desierto pero que aparece con la desgana del que sabe que está ahí como simple cuota, más por ser quién es que por cómo es.

Dolor, naúsea, aburrimiento, desidia, desesperanza. Sentimientos que se quedan cortos para describir la sensación que deja este The Waterfall, un disco que ha estado gestándose cuatro años pero que parece una colección de caras B del inenarrable disco con el que Jim James se lanzó en solitario no hace demasiado (y a ver para qué). Anunciado junto a la continuación del engendro, lo cual confirma que son hijos del mismo padre, que a pesar de ser firmados con distinto nombre los vamos a ver venir con los mismos andares.

La reproducción automática de YouTube me obsequió con un tema de Enya nada más acabar de escuchar ‘Big Decisions’ el otro día. Ya lo decía mi madre, las casualidades no existen, si te han pegado una hostia lo más seguro es que te la merezcas. Más claro agua. Y las que te dejo debiendo, Jim James.

 

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